Leyenda de Maese Pérez.

La historia que hoy mostramos es de sobra conocida por la gran mayoría de sevillanos, además de por muchas personas aficionadas a la literatura, ya que mediante su obra, Gustavo Adolfo Bécquer fue el encargado de hacer inmortal esta leyenda: Maese Pérez, el organista.

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Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, por Juan Mon hacia 1861. (Biblioteca Digital Real Academia de la Historia).

En unas fechas tan navideñas como las que vivimos ahora, el autor nos traslada en su relato al Real Monasterio de Santa Inés de la capital sevillana, el mismo convento que fundó Doña María Coronel junto a su hermana Aldonza en la calle que actualmente lleva su nombre en el barrio de San Pedro. Allí se disponía en Nochebuena a oír la Misa del Gallo y las notas del afamado órgano de la capilla, de la que después salió desencantado debido a la historia que justo antes le había escuchado a la demandadera del convento.

Callejero Plano de Olavide 1771
El callejero de la zona, con la Parroquia de S. Pedro (20) y el Convento de Sta. Inés (91), entre otros, en un detalle del «Plano topográphico de la M. N. Y M. L. ciudad de Sevilla levantado y delineado por Francisco Manuel Coelho, por disposición del asistente D. Pablo de Olavide, en 1771». (Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico. Ministerio de Cultura y Deporte).

En la leyenda, nos cuenta a través de dicha anciana vecina, como precisamente en otra víspera de la Navidad se reunió en dicho cenobio muchísima gente. Hasta allí acudieron las familias nobiliarias más afamadas y poderosas de la ciudad, los Caballeros Veinticuatro y hasta el propio Arzobispo, todos con el afán de poder disfrutar las notas musicales que saldrían del órgano, gracias a las talentosas manos de Maese Pérez. Un señor ya mayor nacido ciego, cuya única familia era su hija y su pasión el órgano, y aún siendo más bien solitario, era muy estimado por todos dado el buen corazón que tenía, especialmente con los más desfavorecidos. Así llegó la hora de iniciar el culto, pero se retrasó unos instantes porque nuestro protagonista se encontraba enfermo, ocasión que aprovechó «un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura» para intentar sentarse al teclado, ya que era organista en la cercana parroquia de San Román, a la que había llegado tras echarle el párroco de San Bartolomé de lo mal que tocaba. Fue entonces cuando el anciano músico apareció en la iglesia para tocar, aunque efectivamente no estaba bien de salud, motivo por el que su hija había tratado de impedírselo. Comenzó finalmente la misa y los celestiales acordes se fueron sucediendo hasta llegar al momento de la consagración, instante en el que un grito femenino alertó a los asistentes y un extraño sonido enmudeció al viejo instrumento, el pobre Maese Pérez acababa de fallecer.

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Órgano del Convento de Santa Inés, obra de Francisco Pérez de Valladolid en el s. XVIII. (Instituto Español del Órgano Histórico).

Un año después las vecinas, apenadas, volvieron a coincidir en el mismo lugar, allí todo era igual que la anterior cita navideña, excepto el indeseado intérprete musical que iba a ser boicoteado por los presentes del vecindario por no ser otro que el organista de San Román. Pero cual fue su sorpresa al oír tan espectacular recital que, al finalizar, quedó citado con el Arzobispo en acudir la Nochebuena siguiente a la Catedral de Sevilla, ante las sospechas de las vecinas por lo sucedido. Y así fue como la Navidad siguiente la mayoría acudió al templo metropolitano, por lo que la abadesa solicitó a la ya monja e hija del difunto Maese Pérez que tocara en la Misa del Gallo, a lo que se negaba por creer que se aparecería el fantasma de su padre. Finalmente la convenció de ello, pero cuando se dispuso a tocar gritó nuevamente y los pocos asistentes pudieron ver como del solitario órgano salían nuevamente melodías angelicales sin que nadie de este mundo estuviera al teclado, mientras al mismo tiempo la multitud presente en la Catedral presenciaba la «cencerrada» del otro mal músico.

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Portada de la Iglesia del Convento de Santa Inés, frente a la que se encuentra colocado el azulejo conmemorativo del centenario del fallecimiento de G. A. Bécquer que recuerda esta leyenda. (Pinterest – Biblioteca/CRAI de la Universidad Pablo de Olavide).

Así culminó esta historia tan sobrenatural su autor Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, nombre real de Bécquer, que nos anotó varias datos en esta trama legendaria que guardan cierta curiosidad histórica, ya que la ciudad que conoció el escritor en el s. XIX era diferente a la del relato por menciones como la de la condesa viuda de Villa-Pineda, el marqués de Moscoso, el rey Felipe V, el desaparecido Arco de San Felipe, las famosas disputas entre los ducados de Alcalá y Medina Sidonia (que ya vimos anteriormente en el Puente Horadada), así como los Caballeros Veinticuatro, hoy día concejales, un puesto gubernamental que tuvo un antepasado suyo, ya que fueron una familia importante en la ciudad. Hay que recordar el origen del apellido Bécquer en la ciudad alemana de Moers, es decir flamenco, de ahí el guiño al «flamencote que va a oír música». Todo ello nos traslada a la Sevilla del s. XVIII, ¿pero que ocurrió por entonces? Como bien dice el personaje de la demandadera, el fantasma de Maese Pérez no se aparece porque su órgano se cayó ya de viejo y lo sustituyeron, precisamente en torno a la mitad de ese siglo, por el que hoy vemos, que desde 1983 es un B.I.C., afortunadamente restaurado en 2017 por Abraham Martínez.

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El retablo cerámico que comentamos en la foto anterior, instalado en 1970 recordando a G. A. Bécquer y su leyenda de Maese Pérez el Organista. (Antonio Rendón Domínguez, CofradíasTV).

Y hasta aquí llegamos en este paseo literario y navideño de hoy, guiados por el genial Bécquer a través de lo verdadero y lo imaginario, pero todo forma parte de esta Sevilla Legendaria.

J.M.

NOTA: Ejemplar virtual gratuito disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

2 comentarios en “Leyenda de Maese Pérez.”

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